A modo de prólogo

Renglones y surcos de los sueños y los días,
con sangre y tinta negra, de la frente, escritos.
Ya arranqué la hoja roja de Delibes.
Vuelvo la cabeza y siento
la fuerza voraz del tiempo-viento
que escalofría mi espalda.
Y, por añadidura,
vienen los agoreros tristes de la noche
para convencerme de que el mundo-tiempo está perdido.
¿Y ahora qué? ¿Sentarme
adormilado al borde del camino
viendo pasar mi vida
corriendo a ningún sitio?
¿Esperar indolente, en la cuneta,
el primaveral milagro, en rama verde,
del olmo de Machado?
No sé si puedo.
Mientras haya una rosa,
un niño, un libro,
unos adolescentes en flor que se enamoran,
quiero seguir manando esencia humana,
día a día.
Quiero sentir, cada mañana, como un niño,
sobre mi corazón emocionado,
el tacto fresco y aterciopelado del rocío.

 
 
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