Hombre
al fin
(a César Vallejo)
A mí me dirán
que tengo mil siglos clavados en el alma,
y sin embargo yo sé que soy un libro abierto.
Puede, incluso, que se acerquen
a diseccionarme inútilmente.
A veces me lo han dicho: -¡Llegó la primavera!-
y sólo por que es abril
y tiene el sol ya mucha fuerza.
Otras veces me asustan y me dicen:
-Al mundo lo está matando la angustia-.
Mientras tanto, yo sólo sé que voy conmigo,
que a ratos soy cobarde, a ratos mortecino;
que sudo en verano y tengo sed;
que moriré en abril, en junio o en domingo.
Y todos los que van así, con mi mismo tiempo
y mi camino, saben dónde va este triste
y cansado peregrino. ¿O es que acaso
no hay mil siglos clavados
en cada hijo de vecino? Yo sólo sé
que soy un hombre que siente hambre,
que no sabe a ciencia cierta su destino
y que le explota el tiempo contra el pecho.
Hasta hay quien se pone lírico y me dice:
-Es armonía, ese silencio que rueda por las cosas...
¿Y qué me importa a mí, si estoy llorando?
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